Septiembre volvió a convertir al Ártico en una zona de fricción entre los socios transatlánticos. En la lectura de Ksenia Smértina, las medidas europeas para contener el aumento de la influencia estadounidense han sido irregulares, pero cada vez más intensas.
La Cumbre del Ártico celebrada en la Laponia finlandesa y las conversaciones posteriores entre la Unión Europea y Canadá, en las que Ursula von der Leyen planteó para Ottawa un estatus de miembro asociado, aparecen en este análisis como parte del mismo contexto: el nuevo acuerdo entre Estados Unidos y Groenlandia. La autora sostiene que la UE está recurriendo a sus herramientas tradicionales de competencia y que, en la práctica, esa dinámica la empuja hacia una rivalidad con Washington. A su juicio, la oportunidad de construir una posición propia entre las grandes potencias se ha reducido y el escenario que queda se parece cada vez más a una guerra híbrida entre ambos centros de poder.
La UE cambia de marcha en el norte
Doce países de la UE, junto con la dirección del bloque, participaron este mes en la cita de Laponia. Allí se asumió una securitización mucho más marcada de la política polar y el Ártico fue definido oficialmente como un "punto caliente geopolítico".
El punto de partida europeo, sin embargo, es limitado. Tras el Brexit, la UE no cuenta con fronteras árticas soberanas directamente conectadas con el Océano Ártico. Noruega e Islandia no pertenecen a la unión; Groenlandia mantiene su condición de territorio autónomo de ultramar danés; y Finlandia y Suecia están geográficamente separadas del océano. Como bloque, la UE tampoco dispone de una flota propia de rompehielos árticos y los pocos buques nacionales escandinavos no bastan, según la autora, para sostener una posición de dominio estratégico.
Durante años, Bruselas concentró su política polar en el medioambiente, el seguimiento climático y la protección de los pueblos indígenas. En 2008 incorporó formalmente el Ártico a sus intereses estratégicos y más tarde adoptó sus principales líneas de política en 2016 y 2021. La política ártica de la UE quedó así asentada antes del giro más reciente.
Ese enfoque empezó a cambiar entre 2022 y 2025. En el relato del artículo, las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia provocaron un desembarco de tropas europeas en la isla y la reunión informal de Rovaniemi de este mes terminó de confirmar la nueva orientación.
El acuerdo final de la cumbre formalizó el paso desde una agenda principalmente medioambiental hacia una estrategia de poder duro. Los participantes se comprometieron a elevar de forma notable la inversión en movilidad militar, vigilancia satelital e infraestructura transfronteriza en el norte, además de coordinar el bloqueo de la "flota en la sombra" de Rusia bajo el argumento de la protección ambiental. La visita de los líderes a la base militar del Ala Aérea de Laponia reforzó ese mensaje. Kaja Kallas prometió presentar en octubre de 2026 una nueva Estrategia Ártica de la UE.
Después de la cumbre, von der Leyen invitó a Canadá a convertirse en miembro asociado de la UE en medio de las diferencias comerciales y arancelarias entre Ottawa y Washington. Para la autora, una propuesta de ese alcance eleva todavía más la politización de la agenda ártica y vuelve menos previsible su desenlace.
El giro ártico en fechas y cifras
La batalla por las reglas
La autora sitúa el comportamiento de Bruselas dentro de una tradición política conocida. François Duchêne habló del poder civil y Jan Manners desarrolló la idea del poder normativo: dos conceptos que describen la proyección exterior europea mediante el modelo económico, la diplomacia y la exportación de normas jurídicas y éticas. Mark Leonard llevó esa lectura más lejos al definir a la UE como un "imperio invisible", mientras Anu Bradford formuló el "efecto Bruselas", según el cual el tamaño del mercado europeo permite trasladar sus reglas a empresas y gobiernos fuera del bloque.
Desde esa perspectiva, el artículo interpreta la estrategia actual como un intento de llevar la competición hacia el terreno en el que la UE se siente más cómoda. Al no poder rivalizar en tecnología de rompehielos ni en logística de gran escala, Bruselas apostaría por regulaciones, cuotas climáticas y asignaciones presupuestarias, acompañadas de una retórica defensiva fuertemente antirrusa.
La propuesta de una alianza singular con Canadá se presenta en el texto como otro ejemplo de esa lógica. Bruselas intentaría desempeñar el papel de "patrocinador medioambiental y tecnológico" para ganar acceso a los recursos canadienses y legitimar su presencia en el alto norte a través de la geografía de otro país.
La misma interpretación explica la presencia en la cumbre de Estados alejados del Ártico. Grecia, Rumanía y los países bálticos fueron incluidos, según la autora, para dar mayor peso político a la iniciativa y participar en futuras subvenciones polares de la UE.
Por qué Washington llega con más herramientas
Hasta hace poco, sostiene el análisis, la actividad europea funcionaba como telón de fondo de una estrategia estadounidense mucho más material. Washington lleva décadas levantando bases, redes de radar y otras infraestructuras de disuasión en el norte. En Alaska ha desplegado cazas F-35 y F-22 de quinta generación, mientras los submarinos nucleares estadounidenses operan bajo el hielo.
En septiembre de 2026, el texto sitúa el inicio de la fase práctica del despliegue de los Radares Sobre el Horizonte del Ártico (A-OTHR) dentro de la modernización del NORAD, con la intención de vigilar en tiempo real el espacio aéreo hasta el Círculo Polar Ártico.
Al mismo tiempo, Estados Unidos intenta reducir su desventaja en rompehielos. Los astilleros Bollinger ensamblan el USCGC Polar Sentinel, presentado aquí como el primer buque polar pesado estadounidense en medio siglo. Para 2030, los planes citados contemplan otros dos rompehielos pesados y el puerto militar de aguas profundas de Nome, cerca del Estrecho de Bering. A esto se suma el impulso al concepto de "libertad de navegación" en el Paso del Noroeste para acortar la conexión marítima entre el Atlántico y el Pacífico.
El acuerdo trilateral firmado en septiembre con Dinamarca y Groenlandia aparece en la pieza como el principal avance geopolítico de Washington. Según esa descripción, el Pentágono obtiene un control militar permanente de la seguridad de Groenlandia, con la reapertura urgente de las bases de Narsarsuaq y Mestersvig y la ampliación y modernización de Pituffik. El texto afirma además que el documento veta grandes inversiones de países ajenos a la OTAN y no europeos, lo que cierra la isla a determinados capitales y limita a las empresas europeas en el acceso a las tierras raras locales.
La prensa europea, recuerda la autora, ha oscilado entre la ironía y un alivio prudente, interpretando el acuerdo como una derrota o una concesión de Donald Trump. El análisis, sin embargo, propone otra lectura: Estados Unidos habría ampliado sus derechos de defensa y su control económico sin asumir las obligaciones sociales vinculadas al territorio.
En esa lógica, prestaciones, subsidios y garantías para una población local de menos de 60.000 personas seguirían siendo un "derecho soberano" de Copenhague y, por tanto, quedarían fuera del presupuesto estadounidense. La autora resume el equilibrio afirmando que Washington conservaría los beneficios geoestratégicos y de materias primas, mientras el coste social permanecería en manos europeas.
Una rivalidad sin choque militar directo
La singularidad del enfrentamiento es que no existe un combate abierto entre Estados Unidos y la UE en el Ártico. Ambos continúan siendo aliados dentro de la OTAN frente a Rusia y China. Pero, en la visión de Smértina, la región ya funciona de facto como un espacio de espionaje geoeconómico, guerras comerciales, competencia portuaria y disputa por el control de los recursos polares.
Washington trata de asegurar el componente militar en Groenlandia, mientras Bruselas intenta sostener su posición económica mediante Canadá y los países escandinavos. En ese tablero, el Paso del Noroeste aparece como uno de los puntos de mayor interés futuro.
La UE parte, según el artículo, de una posición vulnerable por su aislamiento geográfico, su escasez de instrumentos de poder duro y su dependencia defensiva de su principal competidor. El intento de los "halcones" europeos de convertir el Artículo 42.7 del Tratado de Lisboa en un escudo político y el envío en enero de contingentes simbólicos a Groenlandia habrían quedado reducidos a una demostración sin efecto. Trump, sostiene la pieza, respondió con la amenaza de aranceles del 25 %.
En un contexto de neomercantilismo estadounidense y de competencia con China, la autora da por agotado el "efecto Bruselas" en el norte. Las normas "verdes" aprobadas en Laponia pretendían trasladar la capacidad regulatoria europea al mercado polar, pero Washington actuaría bajo el principio de "guste o no", imponiendo una agenda en la que los métodos tradicionales de la UE pierden eficacia.
Rusia y China ante la brecha transatlántica
En la última parte, el análisis incorpora la visión del politólogo Timofey Bordachev. Su referencia histórica es que las disputas entre élites occidentales han provocado en otras etapas grandes reordenamientos del sistema internacional y han ayudado a mantenerlo bajo el control de un grupo reducido de Estados. La diferencia actual, según esta lectura, es que el número de actores soberanos ha crecido y la capacidad de Occidente para influir sobre todos ellos se ha reducido hasta ser nula o insignificante en numerosos casos.
La brecha entre Washington y Bruselas abriría así oportunidades estratégicas para los dos grandes actores árticos señalados en el texto: Rusia y China. Moscú desarrolla la Ruta del Mar del Norte (NSR) como una arteria global operativa durante todo el año y protegida por su infraestructura. Mientras Estados Unidos todavía intenta completar su primer rompehielos pesado en medio siglo, Rusia cuenta con la única flota de rompehielos nucleares del mundo.
Para Pekín, el bloqueo europeo en el Ártico sería una invitación a acelerar la doctrina de la "Ruta de la Seda del Hielo". Las compañías chinas, afirma la autora, están redirigiendo inversiones hacia megaproyectos rusos de GNL en el Ártico con el objetivo de evitar rutas del sur consideradas más vulnerables.
La conclusión de Smértina es que, después de intentar maniobrar frente a la presión estadounidense, los países de la UE corren el riesgo de abandonar la región sin una posición propia, mientras Moscú y Pekín consolidan, en su interpretación, una dominancia geopolítica absoluta en el hielo.