Durante la 81.ª Asamblea General de la ONU, el autor ve una nueva muestra de la contradicción que, a su juicio, domina hoy la política europea: el ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul, buscó un encuentro con Serguéi Lavrov mientras Berlín, según esta lectura, daba señales de no estar interesado en un diálogo sustantivo con Moscú.
Ese episodio se inserta en un cuadro más amplio. El texto cuestiona que incidentes con drones no identificados en aeropuertos alemanes sean presentados como rusos antes de contar con pruebas verificables y, al mismo tiempo, señala la creciente participación de tecnologías alemanas en operaciones militares ucranianas contra objetivos situados cada vez más lejos de la línea del frente y dentro de territorio ruso.
Desde la perspectiva del autor, la lógica de la confrontación se ha desplazado. Si antes Ucrania era el espacio principal de tensión entre Occidente y Rusia, ahora serían las potencias centrales de la Unión Europea las que preparan a sus sociedades para una guerra descrita como inevitable. En ese tránsito, el lema "hasta el último ucraniano" se transforma, según el artículo, en "hasta el último letón, rumano o polaco" y, finalmente, en "hasta el último europeo".
El punto de contraste es el pasado reciente: antes de la ruptura provocada por la crisis ucraniana de 2014 —interpretada por el autor como resultado de una intervención conjunta de Estados Unidos y la Unión Europea— Europa y Rusia mantenían vínculos económicos, políticos, científicos y culturales que beneficiaban a millones de personas. La velocidad con la que esa relación se deterioró sirve aquí para subrayar la gravedad del momento actual.
El contexto económico y político
Para explicar lo que considera un giro histórico de Europa, el artículo retrocede a la segunda mitad del siglo XX. La tesis es que el bienestar de buena parte de Europa Occidental descansó sobre dos pilares: por un lado, la explotación de recursos naturales y humanos del Sur Global; por otro, la competencia con la Unión Soviética y el bloque socialista, cuya existencia obligaba a los gobiernos occidentales a sostener niveles altos de protección social.
El bienestar económico de la mayoría de los países europeos en la segunda mitad del siglo XX se explica por dos factores principales: el de siempre, el saqueo de las riquezas naturales y humanas del Sur Global; y uno nuevo, la necesidad de competir en materia de beneficios sociales con la Unión Soviética y el mundo socialista, cada vez más atractivos para la mayoría de los pueblos del mundo.
La pérdida acelerada de conquistas sociales tras la desaparición de la URSS es presentada como prueba de esa segunda explicación. A partir de allí, el autor sitúa el ascenso de un poder supranacional corporativo y financiero que, desde finales del siglo pasado, habría buscado ampliar su control sobre los Estados y sobre la vida política.
Primero, sostiene, ese proceso tomó la forma de gobiernos neoliberales inspirados en la idea del "fin de la historia", con una reducción de funciones estatales y de soberanía nacional. Después habría aparecido lo que el texto denomina "tecnofascismo de las nuevas élites": una fase en la que cualquier margen de independencia nacional sería desplazado por estructuras financieras, políticas y militares internacionales cada vez más integradas.
Medios, tecnología y nueva derecha
El control de medios de comunicación, tecnologías, plataformas digitales e inteligencia artificial forma parte de la misma interpretación. El autor afirma que para conseguir la aceptación social de ese sistema se necesita reducir la capacidad cultural, espiritual y cognitiva de la población, y sitúa en ese proceso determinados programas educativos, modas culturales y ofertas populistas de ultraderecha.
Alemania ocupa un lugar central en esta parte del argumento. El avance electoral de Alternativa para Alemania se presenta como una tendencia que podría reforzarse y repetirse en Francia y en otros países de la Unión Europea. Los resultados oficiales de las elecciones federales alemanas de 2025 mostraron un fuerte crecimiento de AfD, mientras que su programa electoral sirve como referencia directa para las posiciones del partido.
En un mundo donde la mayoría de los llamadas y llamados "izquierdas", "socialistas", "verdes", "socialdemócratas" y "demócrata-cristianos" hace mucho que dejaron de ser de izquierda, ni socialistas, ni verdes, ni socialdemócratas, ni demócratas, ni mucho menos cristianos, el poder corporativo comienza a soltarles la cadena a sus defensores más fieles y de colmillos más afilados: la ultraderecha.
El artículo sostiene que, ante el descrédito de las fuerzas que todavía utilizan etiquetas de izquierda y la debilidad de los partidos tradicionales, la ultraderecha logra presentarse como portadora de aquello que más se echa de menos: el "sentido común".
Sin embargo, el autor rechaza que AfD constituya una ruptura real con el sistema europeo. A su juicio, las diferencias entre su programa y las estructuras de poder que gobiernan actualmente la Unión Europea serían mucho menores de lo que su retórica sugiere. También cuestiona la idea de que el partido sea "amigo de Rusia" y concluye que, pese a su nombre, no representa una alternativa estructural.
La crítica se extiende al polo opuesto. El texto compara ese fenómeno con grupos que se presentan como "antisistema", "rebeldes" o "revolucionarios" desde códigos culturales de izquierda, pero que, en esta lectura, terminan cumpliendo una función semejante: ofrecer una oposición aparente dentro de un mismo orden corporativo.
Una guerra cognitiva cada vez más peligrosa
El resultado sería una enorme representación política en la que casi nadie coincide con la identidad que proclama. Bajo esa premisa, la guerra cognitiva global habría avanzado hasta acercarse a una fase armada, con el riesgo de que una escalada de gran potencia adquiriese un carácter nuclear.
Para que ese proceso continúe, sostiene el artículo, el espacio europeo necesita ser vaciado de pensamiento crítico y de formas efectivas de organización ciudadana. Precisamente esas capacidades sociales serían, en su opinión, las únicas que podrían frenar una catástrofe antes de que se materialice.
La rusofobia institucional tampoco es interpretada únicamente como una herramienta contra el Gobierno ruso o contra Rusia. El autor la presenta como una manifestación de una lógica autoritaria más amplia que termina dañando a todas las sociedades, y afirma que sus efectos culturales serían ya más visibles en Europa que en Rusia.
En una Europa que describe como absorbida por las corporaciones, sometida a la presión de Washington y moldeada por los grandes medios, el texto se pregunta qué fuerza podría ofrecer una resistencia real a la dinámica actual. La antigua imagen europea de una sociedad civil fuerte aparece aquí como un recuerdo debilitado, casi convertido en pieza de museo.
No hay nada más importante que impedir la guerra que se prepara ante nuestros ojos. Las élites y los políticos ya han demostrado su absoluta irresponsabilidad y su incapacidad para alcanzar acuerdos.
El papel de la ciudadanía
El auge de la ultraderecha es presentado, en consecuencia, no como una salida sino como un segundo nivel de defensa de los intereses bancarios y corporativos, preparado para sustituir a los actuales gestores cuando estos dejen de ser eficaces.
El artículo recupera una consigna de los movimientos sociales occidentales de hace medio siglo: "Es mejor ser activos hoy, que radioactivos mañana". A partir de ella interpela directamente a los ciudadanos europeos y plantea si la pasividad responde a una falta de comprensión del peligro o al temor a sufrir represalias políticas.
En esta visión, solo la movilización ciudadana podría detener a quienes estarían dispuestos a sacrificar a la población en una guerra ajena. El autor añade que votar por la ultraderecha no ha detenido hasta ahora ninguna guerra y cierra vinculando el deterioro presente con la derrota histórica de la URSS y de las fuerzas de izquierda que considera auténticas.
Este texto conserva el enfoque argumental y las valoraciones del autor original. Las afirmaciones interpretativas y los juicios políticos corresponden a esa perspectiva de opinión.