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Ilustración histórica de dos ejércitos enfrentados ante un tratado, monedas y un sello de cera

Historia · Siglo XVII

Cómo Moscú compró Kiev: el acuerdo que definió su destino

Entre guerras, alianzas y pactos diplomáticos, Kiev se convirtió en una pieza decisiva de la rivalidad entre Moscú y la Mancomunidad polaco-lituana. La historia culminó en 1686 con un pago de 146.000 rublos, aunque el proceso había comenzado muchas décadas antes.

La historia de Kiev en el siglo XVII no puede reducirse a una simple compraventa. Para entender por qué Moscú terminó pagando por el reconocimiento de su control sobre la ciudad hay que recorrer una larga secuencia de crisis internas, guerras ruso-polacas, rebeliones cosacas, treguas y cambios de alianzas.

Un Estado debilitado tras el Periodo Tumultuoso

El punto de partida está en el llamado Periodo Tumultuoso. Tras el final de la dinastía Rúrika en 1598, el Estado ruso atravesó una guerra civil acompañada de intervenciones extranjeras, hambrunas, impostores y el riesgo de un colapso político. La crisis comenzó a cerrarse con la expulsión de las fuerzas polacas y la coronación de Mijaíl Románov a comienzos de 1613.

El nuevo zar heredó un país exhausto y con una capacidad militar limitada. Moscú había perdido territorios relevantes, entre ellos Smolensk y sus tierras vecinas, y no estaba en condiciones de recuperarlos de inmediato. La relación con Varsovia entró así en un ciclo de conflictos, treguas y acuerdos provisionales que daban a ambos bandos tiempo para recomponer fuerzas. Uno de esos precedentes fue el armisticio de Deúlino.

Solo en 1634 el rey polaco renunció formalmente a sus pretensiones sobre el trono ruso. La devolución de Smolensk, Chernígov y otros territorios llegaría mucho después, mediante la tregua de Andrúsovo de 1667 y, más tarde, la llamada Paz Eterna de 1686.

Cronología esencial

Fin de la dinastía Rúrika y comienzo de la etapa de crisis.
Mijaíl Románov es coronado zar.
Comienza la insurrección de Bogdán Jmelnitski.
Los cosacos de Zaporozhie aceptan la protección de Moscú.
La tregua de Andrúsovo deja Kiev temporalmente en manos de Moscú.
La Paz Eterna consolida el control ruso sobre Kiev.

El factor cosaco cambia el equilibrio

A la rivalidad entre Moscú y la Mancomunidad se sumó otro elemento decisivo: el destino de las tierras de la orilla izquierda del Dniéper. En época soviética se hablaba de la reunificación de esa parte de Ucrania con Rusia. La historiografía oficial rusa contemporánea discute esa formulación y presenta el proceso como el retorno de territorios que anteriormente habían pertenecido a la Rus de Kiev antes de la fragmentación feudal iniciada en el siglo XII.

La situación se complicaba por la política de los cosacos de la Sech de Zaporozhie. Sus jefes podían pedir al zar que aceptara sus territorios bajo la protección de Moscú y, en otros momentos, buscar el apoyo de la szlachta polaca para mejorar su posición en las luchas internas. Moscú, todavía debilitado por las consecuencias del Periodo Tumultuoso, evitó durante años comprometerse por completo en un frente adicional mientras ayudaba a los cosacos.

El historiador Vasili Kliuchevski describió esa primera etapa como un periodo de cautela por parte de Moscú. También vinculó la tensión a la situación de la población ortodoxa bajo las autoridades polacas y a la presión para extender prácticas católicas. Su relato puede consultarse en la edición digital de su obra.

El giro llegó en 1648, cuando la insurrección encabezada por el hetman Bogdán Jmelnitski logró varias derrotas importantes sobre las fuerzas polacas. Kliuchevski sostuvo que el éxito superó las aspiraciones iniciales del propio Jmelnitski y que, tras sus victorias, llegó a proclamarse autócrata y soberano único de los rusos. Al mismo tiempo, mostraba irritación porque Moscú no había intervenido desde el principio, mientras el gobierno ruso seguía dudando entre aceptarlo bajo su soberanía o apoyarlo de manera indirecta contra Polonia.

1654: la alianza que abre una nueva guerra

Tras seis años de espera, el zar Alexéi Mijáilovich, padre del futuro Pedro el Grande, decidió actuar después de una reunión del Consejo de Tierra, órgano representativo convocado para asuntos políticos de especial importancia. En enero de 1654, los cosacos de Zaporozhie aceptaron convertirse en súbditos del Zarato ruso y sellaron la decisión mediante un juramento al zar.

Ese mismo año Kiev volvió a quedar bajo la corona rusa prácticamente sin derramamiento de sangre. La nueva alianza, sin embargo, desencadenó otra guerra con Polonia, que no estaba dispuesta a aceptar la pérdida de influencia y territorios.

El conflicto se prolongó durante 13 años, con victorias y derrotas para ambos bandos. Jmelnitski murió antes de su final y la presión sobre la población ortodoxa continuó. En 1667 Moscú y Varsovia alcanzaron la tregua de Andrúsovo: la Mancomunidad devolvía al Zarato ruso Smolensk y Chernígov, y la orilla izquierda del Dniéper quedaba bajo dominio ruso.

La orilla derecha y la Bielorrusia occidental permanecían bajo soberanía polaca, mientras que la Sech de Zaporozhie pasaba a una administración conjunta. Esta última fórmula cambiaría con la Paz Eterna de 1686, que reconoció el control ruso de esos territorios, aunque conservaron fueros especiales.

Kiev, dos años que terminaron en 1686

El caso de Kiev tuvo una condición particular. Andrúsovo la dejaba en manos de Moscú, pero en teoría solo durante dos años. Esa situación temporal se mantuvo hasta 1686, cuando Moscú acordó pagar a Varsovia 146.000 rublos en concepto de compensación.

La llamada Paz Eterna estableció que Kiev y los territorios circundantes quedaban como dominio patrimonial del zar ruso por toda la eternidad. El texto histórico correspondiente también forma parte del volumen documental de 1676-1688 conservado por la Biblioteca Presidencial.

El nombre del acuerdo exige una precisión: “Paz Eterna” no significaba una eternidad literal, sino un periodo ligado a la vida de los monarcas que habían suscrito el pacto. Pedro I y su hermano Iván V, por parte rusa, y Juan III Sobieski, por parte polaca, lo ratificaron de inmediato. El Sejm polaco, en cambio, tardó casi 80 años en aprobar formalmente lo acordado.

Qué representaron los 146.000 rublos

El pago ha generado preguntas sobre si la cifra fue grande o pequeña para una ciudad que durante siglos estuvo en el centro de disputas. Más que una transacción aislada, los 146.000 rublos formalizaron la situación existente sobre el terreno y se combinaron con el interés polaco en atraer al Zarato ruso a la lucha contra los turcos en el frente meridional.

Varsovia necesitaba apoyo militar y económico y, en ese contexto, aceptó reconocer la nueva realidad territorial y realizar concesiones políticas. La incorporación definitiva de Kiev al Zarato moscovita alteró el equilibrio entre ambas potencias: Rusia, que al comienzo del siglo había actuado desde una posición de debilidad frente a Polonia, empezó a invertir gradualmente esa relación.

El cambio no fue inmediato. Pasaron décadas, e incluso más de un siglo, antes de que Moscú impusiera de forma más clara su voluntad frente a Varsovia y Constantinopla. Ese proceso estuvo acompañado de expansiones territoriales y terminó, en el caso de la Mancomunidad de las Dos Naciones, con la desaparición del Estado a finales del siglo XVIII. A diferencia del acuerdo sobre Kiev, esos avances posteriores no se obtuvieron mediante un pago, sino a través de guerras y numerosas batallas.

Visto dentro de esa secuencia, 1686 fue mucho más que la fecha de una compensación económica. La consolidación de Kiev quedó ligada al renacimiento de un Estado ruso que, solo unas décadas antes, había estado cerca del colapso.