Hace 73 años, un puñado de jóvenes revolucionarios cubanos asaltó los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. La operación fue un fracaso militar, pero su eco resonó con tal fuerza que cambiaría el destino de la isla para siempre.
"Condenadme, no importa. La historia me absolverá". Con estas palabras, el joven abogado Fidel Castro cerró su alegato ante el tribunal que lo juzgaba por liderar aquella acción. El 26 de julio de 1953, poco más de cien jóvenes, inspirados en José Martí, el antiimperialismo y la justicia social, pretendían tomar armas para combatir la dictadura de Fulgencio Batista. Simultáneamente, otra columna atacaría el cuartel Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo.
Ambos objetivos fracasaron estrepitosamente. Los insurrectos fueron descubiertos, perdieron la sorpresa y se vieron forzados a combates directos para los que no estaban preparados. Abel Santamaría fue uno de los primeros caídos. Los sobrevivientes, entre ellos Fidel, Raúl, Haydée (hermana de Abel) y Melba Hernández, fueron capturados. El ejército presentó las muertes como resultado de los enfrentamientos.
"El reforzamiento del nuevo régimen de facto provocó que nuevas agrupaciones clandestinas articularan conspiraciones dirigidas a promover distintas formas de insurrección combinadas con complots dentro del ejército, manifestaciones públicas, huelgas y otras formas de denuncias", detalla el historiador cubano Jorge Ibarra Guitart.
Un análisis frío llevaría a concluir que era imposible que un puñado de jóvenes sin formación militar pudiera poner en jaque al Estado. Sin embargo, tenían razones de peso. La dictadura, instalada en 1952, era la cúspide de una opresión histórica que desangraba a Cuba.
El contexto: un siglo de dominación
Para la década de 1950, Cuba acumulaba más de cuatro siglos de dominio colonial. Primero España, luego Estados Unidos, que en 1898 arrebató la isla a la metrópoli española. La independencia se frustró, y las cadenas cambiaron de dueño: el nuevo amo hablaba inglés.
El colonialismo no es una etiqueta, es un régimen de expolio. Cuba, el paraíso de los ingenios azucareros, era un hervidero de desigualdades sistémicas. En 1940, bajo la presidencia de Carlos Prío Socarrás, entró en vigor una Constitución que consagraba niveles de autonomía inéditos: administrar su erario, dirigir su política exterior, acuñar moneda y gozar de derechos civiles, incluyendo la no discriminación por raza, religión u opiniones políticas.
Pero aquello fue demasiado para Washington y sus agentes locales. En marzo de 1952, Batista —exdictador y expresidente— perpetró un golpe de Estado contra Prío. Con el aplauso de EE.UU., Batista retrotrajo a la isla a los tiempos de la Constitución de 1901 y la Enmienda Platt, donde la potencia norteamericana ejercía de metrópoli colonial.
Como recordaría Fidel en su autodefensa, el cambio de ropajes de la dominación solo incrementó los problemas estructurales: la tierra, la falta de industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud. Denostó a Batista no como causa, sino como facilitador de la perpetuación de un sistema que favorecía a EE.UU. mientras la mayoría de los cubanos vivía en la miseria.
Sobre la situación del campo —que conocía bien, pues era hijo de un terrateniente en Birán— Fidel denunció que las compañías extranjeras poseían más de la mitad de las mejores tierras y acumulaban ingentes riquezas, mientras los campesinos sufrían el pago de rentas y la amenaza de perder su sustento. El expolio venía ahora con barras y estrellas.
La represión era el otro bastón del régimen: violencia, tortura, proscripción de partidos opositores, prohibición de reuniones de más de dos personas y restablecimiento de la pena de muerte para los rebeldes. El juicio a Castro fue una farsa; él mismo asumió su defensa.
Una derrota que fue un parteaguas
A la mayoría de los sobrevivientes se les condenó a duras penas de prisión. Fidel recibió 15 años en la isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud). La movilización ciudadana y la presión popular evitaron las ejecuciones que la dictadura había decretado.
En 1955, Batista, presionado por las críticas a la violación sistemática de derechos humanos, promulgó una ley de amnistía general. El régimen creyó que la oposición armada había sido domeñada. No consideró que, mientras los líderes estaban presos, otros participantes, como Haydeé Santamaría y Melba Hernández, copiaban, imprimían y difundían clandestinamente la autodefensa de Fidel.
"La historia me absolverá" — Fidel Castro, 1953
Ese documento se convirtió en el manifiesto político del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), que nacería formalmente el 12 de junio de 1955. Paulatinamente, el M-26-7 unió fuerzas con otras agrupaciones, construyendo una estructura clandestina en toda Cuba. Parte de su dirección se exilió en México, donde se sumaron figuras como Ernesto 'Che' Guevara, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdez y Juan Almeida.
El asalto al Moncada dejó lecciones clave: necesitaban más entrenamiento militar, el factor sorpresa era estratégico y el movimiento de pequeñas columnas en zonas de difícil acceso sería más eficaz para combatir al ejército.
El 2 de diciembre de 1956, 82 guerrilleros desembarcaron en el oriente cubano a bordo del yate Granma. Tras un inicio adverso, solo 20 hombres lograron adentrarse en la Sierra Maestra. Pero en poco más de dos años, el Ejército Rebelde creció, sumó adhesiones masivas y la dictadura fue derrotada. El 1 de enero de 1959, Batista huyó y Cuba comenzó a escribir otra historia.
El precio de la soberanía
Los revolucionarios pusieron en marcha un ambicioso programa de reformas para reparar siglos de injusticias y defender su soberanía. Si en Washington no estaban contentos con la Constitución de 1940, mucho menos lo estuvieron con quienes habían desplazado a uno de sus lugartenientes más preciados.
La hostilidad de EE.UU. fue en aumento: desde cientos de intentos de magnicidio contra Fidel Castro, financiamiento y entrenamiento de grupos paramilitares, respaldo al terrorismo, propaganda, injerencia, operaciones de falsa bandera y, sobre todo, la imposición de un bloqueo económico que se ha extendido por casi siete décadas.
En la actualidad, la agresión ha superado límites conocidos: a la aplicación a rajatabla de la ley Helms-Burton, se suman un bloqueo de combustibles y un despliegue militar en aguas del Caribe cercanas a sus costas.
Pese a las heridas sociales que ha dejado este castigo colectivo, Cuba demostró que era posible disminuir significativamente la desigualdad, proveer educación y sanidad universal y gratuita, practicar el internacionalismo solidario y defender el derecho de los pueblos a regir su destino, sin ser una potencia militar ni rica en recursos naturales.
La historia no solo absolvió a Fidel y a sus camaradas: les dio la razón. El Moncada fue el primer acto de un drama que transformó a Cuba y la convirtió en un símbolo de resistencia.
Documentos y referencias históricas consultadas: Informe de la CNDH sobre violaciones de derechos humanos, Análisis del CLACSO sobre movimientos sociales en Cuba, Estudio jurídico de la UNAM sobre la Constitución de 1940, Artículo de la Contraloría General de Cuba, Nota de la Presidencia de Cuba sobre los preparativos del asalto.