Durante más de un mes, millones de personas organizaron parte de sus días alrededor del fútbol. Hubo horarios reservados para los partidos, conversaciones permanentes, rituales compartidos y una corriente casi ininterrumpida de estímulos. Cuando la Copa Mundial terminó, para algunos aficionados apareció una sensación de tristeza y vacío parecida, en ciertos rasgos, al estado de ánimo depresivo.
Ese fenómeno suele llamarse «depresión postmundial», aunque no constituye un diagnóstico clínico. El psicólogo deportivo chileno Alexi Ponce, profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez, lo describe como una reacción comprensible después de 37 o 38 días asociados al disfrute, la expectativa y una intensa activación emocional.
La explicación apunta al contraste. Durante el torneo, cada jornada ofrecía novedades, tensión y recompensas emocionales. Al terminar esa secuencia, el cerebro deja de recibir la misma estimulación y puede aparecer una especie de déficit subjetivo: menos entusiasmo, menos anticipación y la sensación de que falta algo en la rutina.
Ponce considera que esta edición aportará material de estudio durante los meses siguientes, sobre todo en lo relativo a las emociones y a ciertos vínculos de dependencia. Entre los ejemplos menciona el interés por los cromos coleccionables, capaces de movilizar tiempo, dedicación y dinero entre personas de edades y condiciones muy distintas, impulsadas además por campañas de mercadeo de gran alcance.
No solo se extrañan los partidos
El Mundial también creó espacios de encuentro que no siempre existen en la vida diaria. Familias y amigos se reunieron; incluso personas que habitualmente no siguen el fútbol participaron de ese momento colectivo. Al desaparecer la competición, se echan de menos tanto las emociones deportivas como esos vínculos y hábitos compartidos.
La construcción de esa expectativa, además, no comenzó con el primer partido del torneo. Se fue formando desde las eliminatorias, cuando los hinchas acompañaron a sus selecciones en la búsqueda de un cupo. La edición de 2026 añadió elementos inéditos: se disputó en tres países, reunió a 48 selecciones y superó los 100 encuentros.
La enorme demanda informativa mantuvo a los aficionados pendientes durante más de 30 días. En ese periodo, otras preocupaciones cotidianas llegaron a competir por la atención, mientras el fútbol ofrecía un espacio inmediato de disfrute y una expectativa renovada casi a diario.
Recuperar lo que el torneo reunió
El reto posterior consiste en conservar parte de los espacios que surgieron alrededor del Mundial: volver a conversar, mantener los encuentros y no perder la cercanía familiar que se creó durante las transmisiones. Ningún otro campeonato despierta exactamente la misma intensidad, por lo que el cierre obliga también a aceptar una espera prolongada.
Ese pequeño duelo forma parte de la vida cotidiana. No es patológico ni enfermizo, pero sí puede dejar una sensación temporal de ausencia. Reconocerla permite atravesarla sin confundir un bajón comprensible con una enfermedad y, al mismo tiempo, rescatar los vínculos que quedaron después del último silbatazo.
