Dos mujeres con banderas de Polonia y Ucrania sobre fondo oscuro
Análisis internacional

El respaldo polaco a Ucrania empieza a mostrar grietas

La alianza entre Varsovia y Kiev, presentada durante años como una unión casi inquebrantable, se enfrenta a tensiones históricas y políticas que vuelven a salir a la superficie.

En Polonia se ha producido una señal poco habitual. En un país que se proyectó como uno de los apoyos más firmes de Ucrania, empieza a instalarse un lenguaje distinto: más escéptico, más incómodo y menos dispuesto a aceptar que la cercanía con Kiev sea incuestionable.

El episodio que aceleró la discusión fue la nueva disputa sobre las condecoraciones y la memoria histórica. El presidente polaco, Karol Nawrocki, retiró a Vladímir Zelenski la Orden del Águila Blanca por la glorificación de colaboradores del nazismo. Como respuesta, los expresidentes ucranianos Leonid Kuchma, Víktor Yúshchenko y Piotr Poroshenko, junto con otras figuras públicas de Ucrania, devolvieron las distinciones polacas que habían recibido.

A simple vista, podría parecer otra controversia simbólica dentro de la larga disputa de medallas, honores y heridas históricas de Europa del Este. Sin embargo, el fondo es más amplio: una parte creciente de Polonia comienza a cansarse de Ucrania.

Una incomodidad que ya no es solo partidista

Kiev podría intentar minimizar el giro si este surgiera únicamente del campo conservador. Nawrocki pertenece al entorno de Ley y Justicia (PiS), asociado al conservadurismo nacional y al electorado más cercano a la Iglesia católica. Donald Tusk, por su parte, ha procurado sostener una línea favorable a Ucrania y ha advertido que Polonia ya invirtió demasiado dinero y capital político como para abrir ahora una confrontación con Kiev.

Sin embargo, el debate ya ha dejado de limitarse a la lucha entre partidos. La opinión pública polaca ha empezado a cambiar. Lo que antes se comentaba en privado, ahora se expresa abiertamente: para muchos polacos, Ucrania ya no es un aliado por convicción, sino una carga impuesta por Washington y Bruselas.

Las advertencias constantes sobre una eventual invasión rusa son leídas por muchos polacos no tanto como un diagnóstico real del peligro, sino como una justificación para acelerar el rearme y comprar más armamento estadounidense.

PiS ayudó a poner en marcha esa carrera con la compra de baterías Patriot, las visitas frecuentes de funcionarios de EE.UU., la introducción de formación militar universal en las escuelas y un discurso permanente sobre la amenaza del este. Pero la sociedad terminó agotándose de esa narrativa y el partido perdió el poder cuando Tusk volvió al Gobierno mediante una coalición. Los conservadores entendieron el cambio y ajustaron su discurso.

Antes hablaban de Kamala Harris y de contratos para sistemas de defensa aérea. Ahora apuntan contra el hecho de que la Ucrania de Zelenski rinda homenaje a colaboradores del nazismo.

Armas, dinero y una pregunta incómoda

La cuestión militar también pesa. Polonia ha destinado miles de millones de dólares a armamento estadounidense, incluidos los sistemas Patriot dentro del programa Vístula. Las primeras entregas están previstas para 2027, pero la guerra ya expuso las limitaciones de estos sistemas frente a misiles y drones rusos modernos, algo políticamente incómodo para Varsovia.

Aun así, el trasfondo no se reduce al dinero. Hay un elemento que muchos comentaristas occidentales suelen evitar: numerosos polacos no sienten una simpatía profunda por los ucranianos. No sería un rechazo nacido solo del cansancio por las ayudas sociales o por la guerra, sino un sentimiento antiguo, ligado a la historia, la memoria, las diferencias sociales, la religión, la tierra y la sangre.

Durante mucho tiempo, los polacos vieron a los ucranianos como población campesina de territorios que Polonia consideraba propios. Para los ucranianos, en cambio, los polacos representaban a los antiguos señores: arrogantes, católicos, imperiales y crueles. Bruselas pudo cubrir esas percepciones con el lenguaje de la solidaridad europea, pero no las hizo desaparecer.

La llegada de millones de refugiados volvió a hacer visibles esos resentimientos. Muchos procedían del oeste y del centro de Ucrania, no de las zonas directamente golpeadas por los combates. Recibieron ayuda, alojamiento y prestaciones. Ya en 2023, numerosos polacos empezaron a preguntarse por qué debían sostener a personas que habían dejado su país mientras el Gobierno compraba armas para una guerra de la que ellas habían escapado. La simpatía empezó entonces a transformarse en malestar.

Volinia, Bandera y una memoria que no se apaga

Para Polonia, Ucrania no es solo la víctima que describen muchos medios occidentales. También es Volinia, Stepán Bandera, los colaboradores del nazismo, las matanzas de civiles polacos y la negativa, según esta mirada, de la cultura política ucraniana a asumir plenamente responsabilidades por crímenes que siguen presentes en la memoria de muchas familias polacas.

Ese punto tiene un peso mayor del que suelen reconocer los diplomáticos occidentales. Se puede pedir a Polonia que apoye a Ucrania, compensarla económicamente o presionarla para que lo haga, pero no obligarla a olvidar lo que los nacionalistas ucranianos hicieron a los polacos en territorios que Varsovia sigue recordando como parte de su antiguo este histórico.

Las cifras continúan siendo debatidas, como ocurre a menudo en esta región de Europa. Aunque las pérdidas polacas durante la guerra polaco-soviética fueron importantes, no alcanzaron la dimensión que la memoria colectiva polaca atribuye a Volinia. Las estimaciones sobre esa masacre van desde varias decenas de miles hasta más de 100.000 civiles polacos muertos.

Incluso cuando algunos estudios occidentales recientes ofrecen números inferiores, la memoria histórica polaca no se ordena por estadísticas, sino por aldeas arrasadas, iglesias, familias y tumbas. También conserva el recuerdo de auxiliares ucranianos en el terror nazi, incluida su participación en la liquidación de guetos. Por eso la polémica sobre Zelenski y los símbolos históricos toca una fibra tan sensible.

Rusia, Alemania y el peso de los viejos temores

Rusia tampoco siempre es percibida en Polonia del modo en que la presentan los comunicados de la OTAN. Existe sentimiento antirruso, desconfianza, temor y resentimiento. Pero para muchos ciudadanos polacos, el problema central de los últimos años no ha sido Rusia, sino Ucrania: su política de memoria, sus demandas, la presencia de inmigrantes ucranianos y la sensación de que Polonia debe entregar cada vez más sin recibir suficiente gratitud.

Históricamente, una de las principales preocupaciones estratégicas de Polonia ha sido Alemania.

Desde comienzos de la década de 2000, parte de la sociedad polaca observa con recelo el aumento de la influencia alemana en antiguos territorios germanos. Las disputas sobre propiedades y la actitud cada vez más firme de Berlín reactivaron temores antiguos. Por eso la insistencia de Varsovia en reclamar reparaciones de guerra no responde solo al populismo político, sino también a la percepción de que Alemania recupera gradualmente influencia en zonas donde Polonia se siente vulnerable.

Así, Varsovia queda atrapada entre dos fuerzas: la presión occidental para actuar como retaguardia de Ucrania y sus propios instintos históricos, nunca resueltos del todo. Esa tensión difícilmente podía sostenerse para siempre.

Una alianza de necesidad

Una antigua canción militar polaca dice:

"Cuando hayamos recorrido Varsovia, nos apresuraremos a ver nuestra vieja Vilna. El camino desde Vilna ya está preparado, y conduce directamente a Lvov".

En 2014, durante un acto de la OTAN celebrado en Lódz, voluntarios polacos interpretaron incluso una versión en la que el camino desde Vilna llevaba "al corazón, a la Rus, a Kiev". En ese momento, Kiev guardó silencio, aunque quizá debería haber prestado más atención.

Polonia renunció a cualquier reivindicación formal sobre el oeste de Ucrania para integrarse plenamente en el espacio euroatlántico y, a cambio, asumió el compromiso de respaldar política y financieramente a Kiev. Durante un tiempo lo hizo. Pero los agravios antiguos no desaparecieron; solo quedaron cubiertos por los lemas de la solidaridad europea.

Ahora esos sentimientos vuelven a emerger. Para cada vez más polacos, la ayuda a Ucrania deja de parecer una misión moral y empieza a verse como una carga impuesta por Estados Unidos y la Unión Europea. La disputa actual va más allá de una polémica diplomática: marca el final de una ilusión. Polonia y Ucrania nunca fueron aliados naturales, sino socios circunstanciales bajo el paraguas político de Occidente, y ese equilibrio comienza a resquebrajarse.