Banderas de Ucrania y Polonia tensadas frente a una frontera europea simbólica
Análisis internacional

El fin de la historia de amor polaco-ucraniana

Tras una disputa aparentemente simbólica entre Polonia y Ucrania se dibuja una pugna mucho más dura: fondos europeos, fronteras, memoria histórica y liderazgo regional.

Publicado: 24 de junio de 2026, 14:23 GMT · Por Ksenia Smértina

En la tradición literaria polaca, trasladada al cine con especial fuerza por Andrzej Wajda, aparece una escena casi arquetípica: comunidades eslavas obligadas a convivir en un mismo espacio y, al mismo tiempo, empeñadas en desgastarse por agravios antiguos, ambiciones, disputas de propiedad y fronteras heredadas.

Ese motivo está presente tanto en Pan Tadeusz, de Adam Mickiewicz, como en La venganza, de Aleksander Fredro. En ambos casos, dos clanes nobiliarios comparten ciudad o castillo y se destruyen con una obstinación que parece inútil, mientras alrededor se derrumba toda la arquitectura de seguridad.

Las tramas concluyen de formas distintas, pero el marco histórico se parece lo suficiente como para invitar a una lectura política contemporánea. La reciente “guerra de condecoraciones” entre Varsovia y Kiev parece destinada a quedar en la diplomacia como una versión moderna de aquella vieja comedia polaca sobre vecinos enfrentados.

El episodio, sin embargo, no es solo una anécdota protocolaria. Expone varias claves de la situación actual de Polonia, de su política interna y de la forma en que Varsovia entiende su papel exterior.

La chispa: una condecoración convertida en campo de batalla

El 19 de junio, el presidente polaco Karol Nawrocki decidió retirarle al ucraniano Vladímir Zelenski la Orden del Águila Blanca. El motivo fue que una unidad ucraniana llevaba el nombre del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA). Nawrocki añadió que Polonia no permitiría la entrada en la Unión Europea a quienes no comprendieran la necesidad de renunciar al “culto del totalitarismo y la violencia”.

La reacción de Kiev fue inmediata y mucho más fuerte de lo que Varsovia parecía esperar. Zelenski devolvió por correo, de forma demostrativa, la condecoración al mérito que había recibido de Nawrocki.

Lo más llamativo fue la respuesta coordinada de tres expresidentes ucranianos. Leonid Kuchma, Víktor Yúschenko y Piotr Poroshenko anunciaron al mismo tiempo que también renunciaban a sus Órdenes del Águila Blanca y que las devolverían a Varsovia. Presentaron el gesto como una devolución a “la Polonia que traicionó la solidaridad europea”, calificaron la decisión de Nawrocki de insulto y contrapusieron esas medallas al reconocimiento de su propio pueblo.

Después se sumaron el jefe de Gabinete ucraniano, Kiril Budánov*, y el ministro de Relaciones Exteriores, Andréi Sibiga, quienes también renunciaron a sus órdenes polacas al mérito. Así, una de las condecoraciones más antiguas y prestigiosas de Europa terminó convertida en una ficha política devaluada.

Para entender el ruido diplomático, conviene mirar dos planos: la evolución de la política interna polaca y el estado real de las relaciones entre Polonia y Ucrania dentro de la estrategia oriental de Varsovia.

Claves cronológicas del conflicto

2005La fractura electoral consolida el término “guerra polaco-polaca”.
2023La coalición liberal de Donald Tusk gana las parlamentarias y controla el Sejm.
2025Karol Nawrocki, candidato conservador de Ley y Justicia, vence por estrecho margen en las presidenciales.
2025-2026Estallan tres grandes batallas burocráticas entre el Palacio Belweder y la oficina del primer ministro.
19 de junioNawrocki retira a Zelenski la Orden del Águila Blanca y se desata la crisis.

Política interior: la “guerra polaco-polaca”

La vida política de Polonia se entiende mejor a través de una expresión ya instalada en el debate nacional: la “guerra polaco-polaca”. Nacida tras la ruptura electoral de 2005, esa fórmula describe el bloqueo político del país. Tanto la derecha como la izquierda se radicalizan, la división se hace más profunda y el centro pierde espacio social.

El ciclo electoral posterior al covid dejó un poder partido en dos. La coalición liberal del primer ministro Donald Tusk ganó las elecciones parlamentarias de 2023 y controla el Sejm, la Cámara Baja. En paralelo, Karol Nawrocki, candidato del partido conservador Ley y Justicia, obtuvo la Presidencia en 2025 por una diferencia estrecha.

El resultado es una parálisis jurídica: Tusk controla el presupuesto y el Parlamento, mientras Nawrocki dispone de un poder de veto que bloquea reformas liberales. En la práctica, Polonia funciona bajo una estructura de doble poder.

Solo durante el último año, entre 2025 y 2026, se produjeron tres grandes choques burocráticos entre el Palacio Belweder y la oficina del primer ministro. El primero fue la disputa por la Fiscalía y el poder judicial, que derivó en una arquitectura institucional peligrosa: la Policía responde a Tusk, mientras algunos jueces y fiscales reconocen únicamente los decretos de Nawrocki.

El segundo conflicto fue el bloqueo del cuerpo diplomático. El Gobierno de Tusk obligó a varios embajadores a regresar a Varsovia y nombró encargados de negocios temporales. Nawrocki notificó oficialmente a otros países que esos encargados no tenían legitimidad y que los representantes del PiS seguían siendo los embajadores válidos. La diplomacia polaca quedó, así, partida en dos.

El tercer episodio giró en torno a la liquidación de TVP y de la Radio Polaca. Tusk impulsó reformas para cerrar medios de comunicación, y Nawrocki respondió vetando todo el proyecto de ley presupuestaria del Gobierno. Ese veto dejó al Consejo de Ministros sin margen para financiar algunos programas sociales y elevar salarios docentes.

En ese contexto, el presidente lanzó una frase que resume el clima político: “Mientras el Gobierno incurra en bandidaje político y cierre los medios, no verán el dinero”. Tusk replicó con la amenaza de llevar a Nawrocki ante un Tribunal de Estado.

Así pues, el actual escándalo en las relaciones ucraniano-polacas ha sido provocado, en parte, por la escalada de tensiones en la propia política interior de Polonia.

Al activar la memoria histórica, Nawrocki abre deliberadamente una brecha entre Tusk y los votantes conservadores. Las alianzas internacionales pasan a funcionar como activos sacrificables dentro de la lucha interna de Varsovia.

El gabinete liberal quedó obligado a justificarse y a asumir un costo reputacional. Tusk se apresuró a afirmar en redes sociales que la disputa con Ucrania era un “error estratégico peor que un delito” y que solo beneficiaba a Moscú. Pero también quedó atrapado institucionalmente.

Si su Gobierno se niega a refrendar y formalizar jurídicamente la revocación de la condecoración decidida por el presidente, el electorado de derecha acusará de inmediato a los liberales de traicionar la memoria de las víctimas de la masacre de Volinia.

La política oriental y el límite de la “hermandad”

La política interna polaca es inestable, pero en política exterior existen consensos persistentes. Uno de ellos es la llamada política oriental, vinculada a la idea de Jerzy Giedroyc sobre una relación especial con los vecinos. Varsovia se ha visto durante años como defensora exclusiva, curadora y “Hermano Mayor” de Ucrania, Bielorrusia y Lituania, con la intención de construir un cordón sanitario controlado frente a Rusia.

En una proyección más ambiciosa, inspirada en la doctrina mesiánica del siglo XIX, la idea de una Cuarta República Polaca aspiraba a ocupar un liderazgo espiritual y político entre los pueblos eslavos, llamada a instaurar el “reino de Dios en la tierra”.

Pero el modelo de una Polonia “defensora” y protectora desinteresada de Ucrania en Occidente, ligado al imaginario de Polonia como el “Cristo de las Naciones”, resulta inviable en el sistema mundial actual.

Las élites polacas exigieron durante años la entrada de Ucrania en la Unión Europea, pero no parecen haber previsto cómo reaccionaría su propia sociedad ante la idea de compartir dinero europeo, mercados y subsidios con el vecino oriental. El conflicto agrícola lo muestra con claridad. Durante 20 años, Polonia fue el principal beneficiario de la Política Agrícola Común de la UE y recibió miles de millones en subsidios para sus explotaciones.

Si Ucrania ingresa en la Unión Europea, también recibirá apoyo financiero para adaptar su agricultura a las normas de Bruselas. Al mismo tiempo, Polonia pasará de receptora de fondos europeos a donante obligada a pagar por otros. La sociedad polaca no parece dispuesta a asumir ese papel.

Desde esa perspectiva se entiende el duro bloqueo económico de Varsovia contra Kiev. Cuando el grano, las aves de corral y las compañías de transporte ucranianas comenzaron a convertirse en una competencia real para los polacos dentro del mercado europeo, Polonia cerró fronteras, se vertió grano desde vagones de tren sobre las vías y se impusieron barreras proteccionistas estrictas.

Para Kiev, aquello fue una revelación dolorosa: la “hermandad” polaca termina justo donde empieza la competencia por el dinero europeo.

El proteccionismo de Varsovia se parece cada vez más a una práctica neocolonial: un amo exige lealtad geopolítica e histórica total a sus vasallos —en torno al UPA, Volinia y las condecoraciones nacionales—, pero no ofrece a cambio un trato económico preferencial.

La presión sobre Kiev apunta a mantenerlo como socio menor, aislado y útil como zona de amortiguación. Sus camiones y mercancías pueden ser devueltos en la frontera en cuanto representen una amenaza para los índices de aprobación de la élite polaca.

Polonia frente a sus aliados

En el pasado, Varsovia encontraba respaldo en sus aliados. Ahora, la fractura ideológica de Occidente y la volatilidad de la agenda global reducen la ventana de Overton y radicalizan la relación de Polonia con sus vecinos orientales.

Tras ingresar en la Unión Europea, Varsovia actuó durante mucho tiempo como principal promotora de la “elección europea” para Europa del Este. Sin embargo, los roces persistentes con Bruselas —incluido el sabotaje polaco al Nuevo Pacto sobre Migración de la UE y a las directivas climáticas europeas— debilitan sus antiguas ambiciones de portavoz de los países candidatos.

El intento de introducir dentro de la UE un partido opositor artificial, útil como aliado ideológico frente al predominio alemán y la burocracia europea, fue rechazado tanto por Bruselas como por países postsoviéticos.

Los países periféricos entienden perfectamente que, con “amigos” así, no serán aceptados en la UE.

El ministro polaco de Relaciones Exteriores, Radoslaw Sikorski, elevó el tono al declarar que Varsovia exige oficialmente un asiento en futuras negociaciones entre Rusia y Ucrania. El momento elegido, en pleno escándalo, no es casual, pero el gesto va más allá de la disputa interna.

Sikorski busca arrebatar a Nawrocki la agenda patriótica y demostrar que, a diferencia del PiS, el campo liberal también pretende decidir el destino de Europa. Esa exigencia marca otro abandono claro de la doctrina clásica de Giedroyc.

Al reclamar una silla propia junto a las grandes potencias, Sikorski reconoció de facto que Polonia ya no representa a Ucrania. Varsovia defiende ahora sus intereses geopolíticos y económicos, y quiere definir nuevas fronteras para el cordón sanitario y para las esferas de influencia.

Al mismo tiempo, Polonia negocia tensamente con Washington y Berlín. Temiendo que Occidente alcance un acuerdo con el Kremlin a sus espaldas, Varsovia intenta usar su papel como centro logístico y migratorio para consolidarse como hegemón regional.

Esa es la anatomía de la crisis eslava retratada por Wajda: vecinos dentro de un castillo viejo, dispuestos a tirar condecoraciones por la borda, cometer pequeñas mezquindades, poner en riesgo alianzas globales y levantar muros de ladrillo en medio de una sala de estar compartida.

Los arquetipos de La venganza, de Fredro, vuelven a imponerse sobre las modernas directivas de Bruselas. En Europa del Este, la supervivencia nacional sigue hablándose en el lenguaje de los agravios antiguos, las guerras burocráticas discretas y un egoísmo difícil de ceder.

* Incluido en la lista de terroristas y extremistas de Rusia.