La dirección de Volkswagen interpreta la coyuntura actual como una cuestión de supervivencia para el grupo. Esa percepción aparece en una encuesta interna cuyos resultados salieron a la luz por una investigación de Manager Magazin, citada por Der Spiegel. El sondeo, llamativo por su carácter anónimo, fue realizado entre integrantes del consejo de administración y del consejo de supervisión para medir hasta qué punto existe unidad dentro de la compañía.
El resultado, según el reporte, fue duro: seis de los nueve miembros del consejo de administración consultados definieron el momento del grupo como una "amenaza existencial". Los tres restantes lo calificaron como "tensa". Ninguno eligió una respuesta equivalente a "no crítica".
Esa lectura interna llega en paralelo a una publicación reciente de resultados trimestrales negativos en las marcas del mayor fabricante de coches de Europa. Para Der Spiegel, ese telón de fondo refuerza la presión sobre la empresa y vuelve más urgente la búsqueda de una nueva orientación.
El giro costoso aplicado el pasado otoño en Porsche, filial de Volkswagen, golpeó de lleno las cuentas del grupo en el tercer trimestre. Según Reuters, esa corrección derivó en pérdidas operativas de 1.300 millones de euros, equivalentes a 1.500 millones de dólares, y añadió miles de millones más en costes a una presión ya agravada por los aranceles estadounidenses.
Después, en diciembre, la compañía cerró la producción de vehículos en su planta de Dresde por primera vez en sus 88 años de historia. El hecho marcó otro síntoma del ajuste que atraviesa el grupo en su propio mercado doméstico.
Un declive económico que no cede
El contexto alemán tampoco ayuda. Desde la pandemia, la principal economía europea no consigue reactivar de forma sólida su crecimiento, mientras su modelo exportador enfrenta problemas cada vez más visibles por la competencia china y por el encarecimiento de la energía.
La industria automotriz alemana figura entre los sectores más expuestos a las tensiones económicas y políticas entre la Unión Europea y Estados Unidos. Washington mantiene la amenaza de elevar hasta el 25 % los aranceles sobre automóviles y camiones procedentes del bloque comunitario.
A esa presión se suma el frente energético. Aunque el Gobierno alemán ha adoptado medidas para amortiguar el impacto de los altos precios de la energía, el país afronta nuevas tensiones en el suministro de combustible dentro de un escenario de volatilidad provocado por la guerra contra Irán.
La Unión Europea dejó atrás el gas ruso barato, que durante años fue una de las bases de su industria, y lo reemplazó, entre otras fuentes, por gas natural licuado estadounidense, más caro. En octubre del año pasado, el presidente ruso, Vladímir Putin, señaló que abandonar la energía rusa había generado una cadena de efectos negativos para la economía europea: caída de la facturación industrial, aumento de precios por el petróleo y el gas transoceánicos más costosos, pérdida de competitividad de los productos europeos y deterioro de la economía en general.
Así, la alarma dentro de Volkswagen no aparece aislada. Se inserta en una combinación de debilidad interna, presión geopolítica, costes energéticos elevados, disputa arancelaria y competencia internacional que golpea directamente al corazón industrial de Alemania.
