Los psicópatas de Viña del Mar: el caso que terminó ante un pelotón de fusilamiento
Dos carabineros sembraron el miedo con una serie de ataques contra parejas y taxistas. Su historia quedó ligada al último fusilamiento aplicado en Chile antes de que la pena capital fuera eliminada.
Durante casi un año y medio, Viña del Mar vivió bajo una sombra de temor. La ciudad chilena quedó marcada por una serie de asesinatos y agresiones sexuales cometidas por dos hombres que, precisamente por su uniforme, debían representar protección: los carabineros Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins.
Cuando comenzaron los crímenes, Sagredo tenía 25 años y Topp Collins 30. El expediente les atribuyó 10 homicidios y cuatro violaciones. La historia no solo quedó inscrita en la memoria criminal de Chile por la brutalidad de los hechos, sino también por su desenlace: ambos fueron condenados a muerte y fusilados el 29 de enero de 1985.
El caso es recordado como el de los “psicópatas de Viña del Mar”, una denominación que se extendió mientras aumentaban las víctimas, crecía el pánico y las investigaciones oficiales parecían avanzar sin resultados claros.
El primer crimen
La primera muerte ocurrió el 5 de agosto de 1980. Esa noche fue asesinado Enrique Fajardo, un profesor de 35 años. Su automóvil apareció en la plaza Bellamar, colgado en una posición tan extraña como difícil de explicar. Dos días después, su cuerpo fue encontrado en las cercanías del jardín botánico.
Al principio, aquel hecho no fue relacionado con la serie de ataques posteriores. La conexión apareció más tarde, cuando la ciudad ya estaba conmocionada y una mujer declaró que se encontraba con Fajardo la noche del crimen. Según su denuncia, dos hombres mataron al profesor y luego la violaron. Su descripción de los agresores ayudaría a vincular ese episodio con los crímenes que vendrían después.
Un patrón contra parejas en lugares apartados
El segundo ataque se produjo el 12 de noviembre de 1980. Las víctimas fueron el médico Alfredo Sánchez y su novia, la enfermera Luisa Bohle Basso, que estaban dentro de un vehículo. Los agresores obligaron al hombre a salir y lo mataron de dos disparos. Después violaron a la mujer, que sobrevivió porque no opuso resistencia.
El 28 de febrero de 1981, la violencia se repitió: fueron atacados el empresario Fernando Laguna y Delia González. Él fue asesinado y ella fue violada y asesinada. Para entonces, el miedo se había instalado en la zona y la prensa comenzó a fijar el nombre con el que el caso sería recordado durante décadas.
El 26 de mayo de 1981 fue una de las jornadas más sangrientas. Primero mataron a un taxista y se apropiaron de su vehículo. Más tarde interceptaron a una pareja; asesinaron al hombre y violaron a la mujer, a quien dejaron con vida porque no resistió.
El 28 de julio se repitió una secuencia parecida: otro taxista asesinado y una nueva pareja atacada. La mujer sobrevivió después de ser agredida sexualmente. El 1 de noviembre de 1981, los criminales cometieron sus últimas atrocidades contra una joven pareja: mataron a un muchacho de 18 años y violaron y asesinaron a su novia, de 22.
Escala del caso
Los valores reproducen las cifras documentadas en la crónica: 10 asesinatos, cuatro violaciones y las edades de los condenados al iniciar la cadena criminal.
Investigaciones cruzadas y un falso culpable
Mientras la alarma social crecía, las autoridades contaban con descripciones entregadas por sobrevivientes. Hablaban de dos hombres jóvenes: uno delgado, de tez blanca y cerca de 1,80 metros; otro más bajo, corpulento y con una actitud subordinada al primero. Ambos tenían ojos claros.
Uno de los problemas fue la existencia de pesquisas paralelas. Por un lado trabajaba la unidad OS7 de Carabineros; por otro, la Policía de Investigaciones de Chile. Lejos de funcionar como un solo bloque, ambas instituciones parecían competir y compartían poca información.
En marzo de 1982 se produjo un giro que calmó momentáneamente a la opinión pública: fue detenido Luis Eugenio Gubler Díaz, director del Banco Nacional, empresario e hijo de Luis Gubler Escobar, presidente de la Compañía Sudamericana de Vapores. Bajo tortura terminó confesando crímenes que luego se supo que no había cometido. La prensa de la época dedicó amplios titulares a su arresto, como recoge una reconstrucción de El Archivo-N.
Más tarde se conocería que su detención había respondido a una maniobra de un alto mando de Carabineros, que orientó la investigación hacia él por motivos personales.
El compañero que rompió el silencio
Mientras el caso parecía estancado, un cabo llamado Juan Quijada comenzó a atar cabos. Era compañero de la misma repartición que Sagredo y Topp Collins. Al escucharlos hablar de los crímenes, sospechó que ambos coincidían con las descripciones entregadas por las víctimas.
Quijada decidió enfrentar a uno de ellos y, según contó años después a la prensa, obtuvo una confesión sobre los asesinatos. Sin embargo, las resistencias internas dentro de Carabineros retrasaron el avance del caso.
Solo cuando Quijada acudió a la Policía Nacional para denunciar a Sagredo y Topp Collins, el empresario detenido fue liberado y los dos carabineros quedaron bajo arresto.
Condena y fusilamiento
El 8 de enero de 1983, Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins fueron declarados culpables de todos los cargos y sentenciados a muerte. La condena fue confirmada por la Corte de Apelaciones de Valparaíso y luego por la Corte Suprema.
El indulto presidencial también les fue negado por Augusto Pinochet, entonces en el poder. La mañana del 29 de enero de 1985 fueron llevados ante el pelotón de fusilamiento. Para orientar los disparos, les colocaron en el pecho un disco naranja.
El caso quedó como una de las páginas más oscuras de la historia policial chilena: dos agentes del orden convertidos en asesinos, una investigación desviada y el último uso de la pena capital en el país.
Cronología esencial
Una huella judicial imborrable
La historia de los psicópatas de Viña del Mar dejó varias heridas abiertas: la vulnerabilidad de las víctimas, las fallas de coordinación entre instituciones, el peso de una confesión obtenida bajo tortura y el modo en que un inocente fue presentado como culpable antes de que la investigación cambiara de rumbo.
También dejó un precedente histórico. Sagredo y Topp Collins fueron los últimos ejecutados por fusilamiento en Chile antes de que la pena de muerte fuera eliminada para delitos comunes en 2001.
