Aviones de combate, tanques y soldados de las Fuerzas de Autodefensa de Japón ante el disco rojo de la bandera nipona

Asia · Geopolítica

Cómo el principal aliado de EE.UU. en Asia se convierte en el gran rival regional de China

Washington intenta calmar su pulso con Pekín; entretanto, su socio más fuerte en Asia eleva el tono frente a China y dispara, a ritmo acelerado, su músculo militar.

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Actualidad Publicado: 1 jun 2026 · 14:07 GMT Asia–Pacífico

A medida que Donald Trump maniobra para enfriar el choque con China, una duda incómoda gana terreno entre los aliados de toda la vida de Washington en Asia: si llega una crisis, ¿acudirá Estados Unidos a protegerlos? Y mientras desde la Casa Blanca se habla de poner orden en la relación con Pekín, los reproches al gigante asiático suenan cada vez más fuerte en Tokio.

Esa inquietud asomó el domingo en boca del titular de Defensa nipón, Shinjiro Koizumi, en un foro dedicado a la seguridad: «Piénsenlo. Hay un país que cuenta con un enorme arsenal de armas nucleares y bombarderos estratégicos».

«Japón no cuenta con ninguna de esas armas. Y, sin embargo, se tilda a Japón de 'nuevo militarismo'. ¿No es extraño?»

Shinjiro Koizumi — ministro de Defensa de Japón

El cambio, sin embargo, va más allá de las palabras: el país acelera la modernización de sus fuerzas armadas y, paso a paso, se alista para un mundo en el que tenga que valerse ante todo por sí mismo.

01 — La retóricaUn discurso cada vez más hostil

En ese encuentro, el ministro reclamó que el Indo-Pacífico permanezca abierto a quienes compartan «normas y principios comunes», una expresión que en Pekín suele interpretarse como un dardo disimulado contra China.

Más mesurado se mostró su par estadounidense, Pete Hegseth, que resumió el vínculo entre Washington y Pekín con la etiqueta de «estabilidad estratégica constructiva», una consigna que el mandatario Xi Jinping había planteado en su última cumbre con Trump.

Desde Pekín, la respuesta no se hizo esperar y fue tajante:

«Dudo profundamente que un país que no ha erradicado por completo el legado tóxico del militarismo esté en condiciones de hablar extensamente sobre la cooperación en materia de defensa en foros internacionales, y de que pueda ganarse la confianza de la comunidad internacional, especialmente de los países asiáticos que invadió en su día».

Meng Xiangqing — general de división del Ejército chino

Con la llegada al Gobierno, el año pasado, de la primera ministra Sanae Takaichi, el tono antichino de Tokio ha subido de intensidad. El asunto que más alarma a Pekín es Taiwán: hace unos meses, ante el Parlamento, la jefa del Ejecutivo afirmó que lo que ocurra con la isla autónoma china constituía un escenario que «amenazaba la supervivencia» de Japón.

Aquella frase dinamitaba la cautela diplomática que Japón había guardado durante décadas; y, aunque China le exigió desdecirse, la dirigente no dio marcha atrás.

02 — El rearmeDe las palabras al rearmamento

Detrás de la retórica grandilocuente hay, además, hechos tangibles. A lo largo de los últimos diez años, Japón ha venido engrosando su factura militar sin pausa.

62.000 M$

Es lo que Japón destinó a defensa en 2025: casi un 15 % por encima del ejercicio previo. Para este año, sus cuentas apuntan a unos 66.500 millones de dólares.

El Ejecutivo de Takaichi se ha propuesto, asimismo, llevar ese desembolso del 1 % al 2 % del PIB de cara al año fiscal 2027-2028; un vuelco histórico para una nación cuya Constitución de posguerra pone serias cortapisas a lo militar.

El país aspira, igualmente, a pesar más en el tablero regional: estrecha lazos en materia militar, comparte inteligencia y forma a militares junto a socios como Filipinas y Australia, y pone sobre la mesa 10.000 millones de dólares en apoyo financiero para que el sudeste asiático aguante el encarecimiento del petróleo, disparado por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Por si fuera poco, medios japoneses informaron en noviembre de que la primera ministra sopesa abandonar los Tres Principios No Nucleares —no tener, no fabricar y no admitir armas atómicas en suelo nipón—.

Movimientos así desvelan no solo a Pekín, sino también a Moscú:

«Se está produciendo un avance gradual hacia una mayor militarización de Japón, y este país se aleja cada vez más de aquellos documentos y acuerdos —o, más bien, de los compromisos— que asumió al firmar el Pacto de Rendición. Hoy ya se habla de que Japón cuenta con misiles de alcance medio y corto, del armamento de la flota y, por supuesto, esto no puede dejar de preocupar».

Serguéi Shoigú — secretario del Consejo de Seguridad de Rusia

03 — El horizontePreparándose para vivir sin EE.UU.

No deja de ser significativo que este renovado empuje de Tokio se diera apenas siete días después del encuentro de los ministros de Exteriores del Quad, el bloque que forman EE.UU., Japón, India y Australia.

Pensada como herramienta para frenar a China, esa alianza ha ido perdiendo brío con los años: la India se resiste a hacer del pulso con Pekín la columna de su diplomacia y las cumbres entre líderes escasean cada vez más. A esa deriva, el rumbo de Trump —que aprieta a Nueva Delhi mientras rebaja el enfrentamiento con China— le ha añadido aún más incógnitas.

El reciente viaje del presidente de EE.UU. a territorio chino tampoco ha servido para calmar los nervios de los aliados asiáticos de Washington, más bien al contrario.

«Si sus alianzas no contribuyen al objetivo que se han fijado, resulta bastante peligroso seguir agravando las relaciones con Pekín».

Maxim Gabrielian — analista del Instituto de Economía y Estrategia Militar Mundial (Escuela Superior de Economía de Moscú)

En semejante panorama, Japón comienza a llevar la voz cantante, decidido a erigirse en el principal contrapeso regional de China. Por eso su rumbo actual no luce como una simple oleada más de discurso antichino, sino como la punta de un fenómeno mucho más profundo: los socios de EE.UU. han empezado a calcular cuánto tiempo más podrán fiarse del «paraguas de seguridad» que ofrece Washington.

Y mientras más se afana Washington en hallar la manera de convivir con Pekín, con más ahínco alistan sus aliados de Asia el plan B: tener que protegerse por su propia cuenta.